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“El Sur”, Víctor Erice. El desamor de un ególatra por Leopoldo de Trazegnies Granda*


Guión: Víctor Erice, sobre la novela homónima de Adelaida García Morales
Intérpretes: Omero Antonutti (Agustín Arenas), Sonsoles Aranguren (Estrella, 8 años), Icíar Bollaín (Estrella, 15 años), Lola Cardona (Julia, esposa de Agustín), Rafaela Aparicio (Milagros)
Fotografía: José Luis Alcaine
Montaje: Pablo G. del Amo
Duración: 95 min
Banda sonora: Maurice Ravel (Cuarteto de cuerda en fa mayor), Franz Schubert (Quinteto en do mayor), Enrique Granados (Danzas españolas), “La puerta del sagrario”, “Yo tengo dentro de mí”, “En er mundo”, “La cumparsita”
Año: 1983

Es una hermosa novela de amor filial, el amor de una niña por un padre ególatra. Está escrita en segunda persona porque la autora, Adelaida García Morales, parece querer concentrar toda la emoción de la narradora, una niña de quince años, en su distante padre.

Adriana, que es una niña sensible, se dirige a su padre rememorando la relación que la unió a él mientras estuvo vivo. La narración es intensa en sentimientos y emociones. Como para cualquier niña su padre era un ídolo tan poderoso como un dios, a pesar de que no pudiera explicarse el misterio de su extraña actitud ante su familia.

La niña, a la edad de la Primera Comunión, no llegaba a entender porqué su padre se pasaba el día encerrado en su estudio sin tener casi contacto con su familia. No comprende cuál es el motivo para hacer una vida totalmente retirada, sin salir de día apenas.

Adriana no podía resignarse a la indiferencia de su padre. Instintivamente aprovechaba los poquísimos contactos que tenía con él, ya sean miradas a la hora de comer, o alguna palabra sin mucha intención, para cargarlas de profundos sentimientos inexistentes en la realidad. Adoraba a su padre pero su padre ignoraba a Adriana y a toda su familia.

Se podría pensar que la autora insinúa que el padre era un ser detestable, egoísta, que vuelve tarde y borracho a su casa, que discute violentamente con su esposa, nos lo podríamos imaginar hasta descuidado, desaseado. Podría ser un misántropo patológico, pero nos equivocaríamos, en realidad lo que le ocurre es que está transtornado de amor, es una pasión desenfrenada que lo domina y que sólo puede canalizar en el recuerdo: un amor de juventud en Sevilla con el que continúa manteniendo cierta esporádica correspondencia, pero que ella rechaza “porque lo conoce bien”, según le expresa en una de las cartas.

Los que podrían parecer defectos de una oscura y enigmática personalidad su hija los convierte en cualidades misteriosas de un ser excepcional, lo mitifica, le da un profundo contenido a sus silencios, se enternece creyendo que padece sufrimientos insoportables, y considera mágico todo lo que le rodea, como el manejo del péndulo de zahorí que suele utilizar para encontrar agua o para vaticinar el sexo de los niños antes de nacer. Adriana vive su niñez maravillada ante la presencia de su hermético y esquivo padre.

La novela tiene una segunda parte, el viaje que realiza Adriana al sur, a la tierra de su padre. La autora demuestra una exquisita sensibilidad para introducirnos en el embrujo de Sevilla, ciudad donde pasó su adolescencia. Supongo que es lo que inspira el título: El sur. Ese sur donde no sólo la luz resulta mágica, sino la sensación de proximidad silenciosa entre sus gentes, su filosofía vital, sus sentimientos a flor de piel… El viaje al sur lo realiza para descubrir el amor secreto de su padre, pero lo que descubre es su propio amor que surge casualmente entre ella y el hijo de la mujer que su padre amaba obstinadamente, un amor imposible con el que es probablemente su medio hermano.

No es extraño que Erice después de su magnífica película El espíritu de la colmena, donde volcó toda la desolación de la posguerra española, se interesara por esta conmovedora novela de Adelaida García Morales, que entonces era su pareja, para llevarla al cine. Teniendo en cuenta que el cine y la literatura son lenguajes diferentes y que si una imagen vale por mil palabras, también una palabra vale por mil imágenes, no se puede esperar que la película sea una simple traducción de la novela, pero sí es imprescindible que respete su esencia, que nos transmita el halo artístico de la historia.

Inexplicablemente, Erice se queda con la parte superficial del personaje paterno: un ser egoísta y vulgar. Lo despoja de su carácter trágico y enigmático para convertirlo en un absurdo padre de familia, médico de profesión, que mantiene una hastiada existencia familiar en una casa aislada de un pueblo del norte. Todo cambia el día que se proyecta en el pueblo una película protagonizada por una popular actriz de la que en tiempos estuvo enamorado en su Sevilla natal. Se despierta en él una melancolía enfermiza que resulta bastante incoherente con la vida que había llevado hasta ese momento, empieza a beber y a descuidar el amor por su hija Adriana que en la película ha sido rebautizada como Estrella. La decisión final de quitarse la vida también es forzada porque en ningún momento hemos asistido a la desesperación pasional que lo lleve a una solución tan trágica. Por el contrario, a pesar de la total indiferencia hacia su esposa jamás plantea ni siquiera el deseo de separarse de ella. Y no hay una razón que se lo impida como pudiera ser alguna enfermedad de su mujer que por compasión no le permitiera dejarla. Si al menos hubiera una justificación moral o económica se humanizaría un personaje que da toda la impresión de ser un simple cretino y padre de familia. Se trata de un sentimiento de puro desprecio hacia su cónyuge, una mujer guapa y resignada. No existe motivo alguno que no sea otro que la indolencia o la pusilanimidad que le obliga a seguir rumiando su existencia alcoholizada y sin sentido que sorprendentemente interrumpe una noche con un tiro. Actualmente, el personaje podría reconocerse en algún profesional, un médico superficial y sin escrúpulos, que cae en el alcoholismo y desatiende sus deberes por el amor de una actriz, pero que no es capaz de tomar otra decisión que la del suicidio.

Las sutilezas de no querer asistir a la Primera Comunión de su hija, a la que finalmente asiste, por ser ateo, suenan a ingenuos sentimentalismos. Las referencias políticas a su pasado republicano carecen de consistencia. Parece que se mencionaran para cumplir con el prurito de hacer una película políticamente correcta después de la muerte de Franco.

Erice desaprovecha la íntima emotividad de la novela para convertirla en una película bastante sórdida y anodina. Todo en ella es triste y aburrido, hasta una boda celebrada en el Gran Hotel del pueblo emana un aire lúgubre. Y la pasión amorosa del protagonista de la novela se convierte en la película en algo sucio, banal y poco creíble.

Por otra parte, utiliza recursos fáciles como detener la imagen para crear una atmósfera agobiante. Algunas escenas son desesperantemente lentas, pretenden generar un clima de inquietud en el espectador, como la de los golpes rítmicos del bastón en la buhardilla, que no llegan a transmitir nada y lo único que consiguen es aburrirlo durante varios minutos. Aunque el encuadre del zapato, el enfoque y la luz sean técnicamente perfectos, gracias al director de fotografía José Luis Alcaine.

La desafortunada irrupción en la película de la “Andalucía tópica”, encarnada en la visita a la casa familiar de una señora chillona como Rafaela Aparicio, que ya ha perdido el suave acento malagueño para hablar en “andalú de Madrí”, y la presencia de la madre, supuestamente una señora de Sevilla, encarnada en un personaje gris en el que no se reconoce ni el habla ni la compostura de la mujer andaluza, denota cierta incapacidad para percibir la cultura de Andalucía, sensible, silenciosa, artista… que describió la autora de la novela, para aparecer en la película como la típica charanga sensiblera de esa superficial gente del sur.

La película pretende transmitir un aura poética, de pasión desmedida, que sí se encuentra en la novela de Adelaida García Morales, pero Erice sólo consigue crear una atmósfera vacía más cercana a las obsesiones de un psicótico. La poesía que se desprende de sus imágenes se debe únicamente al excelente trabajo de José Luis Alcaine.

Por problemas de producción la película se quedó inconclusa, falta el desarrollo de la riquísima segunda parte de la novela. Termina cuando Estrella se dispone a viajar al sur a buscar al amor de su padre, esa actriz que ella sólo conoce de las carteleras de los cines. Con esta mutilación de la historia el título carece de sentido. Del sur de Adelaida García Morales no queda nada. La película es oscura y tenebrosa. Lo que era el sueño del sur luminoso de la niña, Erice lo convierte en la pesadilla del padre.

Es curioso que en los dos únicos largometrajes que ha rodado este director hay varias escenas que se repiten de forma casi idéntica. Una de ellas es la importancia de una película proyectada dentro de la misma película como una matrioska de dos muñecas donde la pequeñita es el corazón de la grande. En el caso de El espíritu de la colmena se trata de la película de Frankenstein que ven las niñas en un cine ambulante y condiciona su visión mágica del mundo. En El sur es una película proyectada en el cine del pueblo protagonizada por la actriz de la que está enamorado el padre que desencadena el alcoholismo que lo llevará al suicidio. En ambas, Erice se recrea fotografiando las caras de los espectadores en la semi oscuridad de las salas, que en realidad son escenas prestadas del neorrealismo italiano. También en las dos películas la acción transcurre en casas parecidas de estilo francés, lóbregas, aisladas, en las afueras de un pueblo. Gran parte de la acción tiene lugar al aire libre. E igualmente, tanto en una como en la otra, el único vínculo sentimental son unas cartas cruzadas entre personajes separados de los cuales uno jamás aparece en pantalla. Y por último, en ambas la protagonista es una niña maravillada ante el mundo sombrío que le rodea.

Después de esta película Erice no ha vuelto a dirigir ningún largometraje. Hubo un intento fallido de llevar al cine la novela El embrujo de Shangai de Juan Marsé que no llegó a concretarse y al final fue Fernando Trueba quien la llevó a las pantallas. Inexplicablemente, sus dos obras lo han encumbrado a la categoría de “director de culto”, debido posiblemente a que fueron dos aportes oportunos al cine español del tardo e inmediato posfranquismo caracterizado por la aridez cinematográfica. Posteriormente sólo ha dividido su trabajo entre enigmáticos cortometrajes (Alumbramiento), que se acercan más a las técnicas de diagnosis de una ecografía que a lo que entendemos por cine, y spots publicitarios.

Entre las dos únicas obras de este director, nos quedamos sin dudarlo con El espíritu de la colmena que interpreta mucho mejor el ambiente aburrido y los sobrios personajes de la meseta castellana, que El sur que no llega ni a rozar de lejos la sentimentalidad andaluza emigrada al norte de la península en los años 50 plasmada por Adelaida García Morales con tanta magia.

*trazegnies.arrakis.es

Galería de notas periodísticas de “El sur” en la prensa española.

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